La convivencia, en cualquiera de sus formatos de relación, no está nunca exenta de conflictos. La aparente ausencia es en sí misma un síntoma de desequilibrios de poder. Los desencuentros por intereses enfrentados son insalvables, cotidianos. Aprender a abordarlos desde el diálogo, sin violencias ni castigos, dando voz a las partes, prestando atención a los daños padecidos y causados, a la escucha y comprensión de la mirada del otro, constituye un objetivo fundamental para el desarrollo social. También para desmontar los mandatos de las masculinidades, orientadas a la imposición, legitimando el uso de la violencia en cualquiera de sus formas.
En este sentido, con los criterios de la Justicia Restaurativa, dinamizo espacios emocionalmente seguros, confidenciales, donde quien sufre el daño es la figura central del proceso y deja de ser mero testigo del castigo impuesto por terceros. Se facilita el reconocimiento del daño padecido, dando cabida a la explicación por parte de quienes lo han ocasionado. Trabajo individual y grupal, siempre desde la voluntariedad de las partes y sin que este proceso necesariamente sustituya otros procedimientos, descartando que la participación o no pueda acarrear premios ni sanciones.
El objetivo, además de restaurar el daño y alcanzar acuerdos que mejoren la convivencia, es dotar de herramientas a las partes y a la comunidad en la que se insertan para afrontar los conflictos cotidianos, profundizando en ellos para mejorar el clima de las relaciones sin quedarse en la superficilidad punitiva.