profecía infantil

De pibe miraba Gran Canaria desde las montañas de Las Coloradas y jugaba a inventar que más allá del horizonte no había nada. Soñaba que todo lo que nos contaban que ocurría fuera de la isla era una invención, un relato diseñado para mantenernos aletargados, con no sé qué intencionalidad perversa. Tampoco descartaba un objetivo paternalista, que pretendiera aliviarnos la ansiedad de vivir en un territorio tremendamente limitado.

Años más tarde me hablaron de Platón, interpreté a mi manera a Parménides y hasta llegó la película El Bosque, así entendí que mi juego no era ni tan original ni tan disparatado.

En los 80, cuando los domingos era preceptivo leer los suplementos de El País, tanto o más que ir a misa unas décadas antes, recuerdo un reportaje que anunciaba que en poco andaríamos por las calles sin mirarnos, pendientes de pantallas por las que gestionaríamos la vida. Me reí incrédulo y hasta me entretuve ridiculizando aquella hipótesis que consideré desmesurada pero, sin darme cuenta, llegó el momento en que la viví en primerísima persona. Cuando fue innegable, mucho teorizamos sobre la esquizofrenia y bipolaridad de la vida real y la virtual.

Y llegó el ahora, esta extraña cotidianidad de encerrona, de vida sin semejantes más acá de las pantallas. Su reflejo es el único encuadre que tenemos de lo que, debemos creer, ocurre allá afuera, al otro lado del cristal de las ventanas.
Y nosotros, construidos tradicionalmente en la relación con el prójimo, con quienes nos identifican como iguales y diversos, ésos que ahora no están, nos pixelamos de a poco, engullidos por nuestros propios dispositivos, formando parte de aquel relato ficticio de mi infancia, que ha cambiado el NODO por la nube, convertido en versión única del único suceso.

mi rutina

Sonó el despertador de mi rutina. Se levantó siguiendo el ritual de cada día y tomó rumbo directo a la ducha. Desde la cama escuché sus trasteos de desayuno y la puerta al salir dos veces, como de costumbre, contando la vuelta a buscar ese algo que siempre deja atrás.

Me mantuve envuelto en el calor del edredón, sintiendo su estrés mañanero a lo lejos, preguntándome qué día podría ser hoy y con qué llenarlo.

La visualicé arrancando el coche, sorteando caravanas, discutiendo noticias con la radio, dando vueltas en busca de aparcamiento para fichar mirando la hora justa de llegada… Mientras me quedaba en casa, a solas con el silencio, el abismo de la agenda vacía y los  avisos del cuerpo entumecido por la inactividad.

Con todo, los primeros días fueron los más fáciles. Bastó con dedicarme a todo lo que siempre abandoné por falta de tiempo. Se pasaban las jornadas volando y cuando me daba cuenta, mi rutina ya estaba de vuelta. La acompañaba a almorzar, viendo como engullía la comida a toda prisa, con la mirada perdida en el televisor, regurgitando desencuentros laborales.

Enroscados en el sofá nos obsequiábamos una tregua, entre noticieros repetitivos que solo dejas de escuchar cuando por fin alcanzas el quinto sueño.

Seguimos igual durante una buena temporada. O casi igual. En breve dejé de oír su despertador, abría los ojos con el olor del café. Al poco, con el primer cierre de la puerta. Luego, solo con el segundo.

Lo cierto es que tampoco me quedaba tan solo. Dormía la mañana en cucharita con una nueva rutina, que se dejaba estar más rato porque leía hasta tarde. Nos quedábamos juntas en pijama toda la mañana. Combinábamos telecurro con noticias y teleconversas. En las pausas limpiábamos la casa o nos preparábamos la comida. Por la tarde aplaudíamos y, de a poco, fuimos prefiriendo consumir menos noticias y más información. No había mucho más que ingerir. Los comercios estaban cerrados y apenas nos quedaba dinero. Ya no pasaban aviones, casi ni coches. Se respiraba mejor y hasta se escuchaba cantar a los pájaros en medio de la ciudad.

Con todo, algunas noches me despertaba en incertidumbres oscuras, donde no sabía si flotaba, caía o si salía despedido a un lugar peor, que los miedos no saben imaginar cosas lindas ni divertidas. Fue cuestión de tiempo que encontrara el antídoto: acurrucarme en la vulnerabilidad dejándome llevar, diciéndome que no todo lo que estaba por venir dependía solo de mí. Como siempre ha sido. Así, mecido por el mantra, retomaba mis propios sueños.

A mi antigua rutina se la veía cada vez más difusa y grisácea. Una mañana no la escuché salir. Aún no ha vuelto.

javierlópex / marzo 2020

Cosas que los hombres podemos aprender del fenómeno satisfayer

Hay muchísimas mentiras evidentes que mantenemos disfrazadas de verdades con sentencias tipo “es natural”, “de sentido común”, “lo normal”, “siempre fue así”… Esas coletillas con las que se tira de rango para cerrar debates cuando se acaban los argumentos. Estrategias discursivas que te encuentras tanto en grupos de adolescentes como entre profesionales altamente cualificados. Doy fe. Claro que, a veces ocurre, la realidad es más cabezota incluso que la ideología y le da por destapar patrañas.

Se me antoja que algo así ocurre estos días con el famoso satisfayer, ese cacharrito con apariencia de rasurador de vello, de artilugio para masajes o complemento de videojuegos. Pero no, la cosa está diseñada, cuentan que con éxito, para facilitar el placer sexual de las personas con clítoris. Y de paso, que no es poco, contribuye a derribar algunos mitos del imaginario machirulo: Por un lado, miren por donde, las mujeres tienen deseo sexual y no es sinónimo de perversión. Su sexualidad no está dirigida al placer masculino, por más que el porno mainstream (hay otros) se limite a reproducir planos en los que practican felaciones o son penetradas por falos sin rostro.

El eficaz facilitador orgásmico no tiene forma de pene. Ya ven, el placer sexual femenino no depende de genitales masculinos, totalmente prescindibles. Hasta resulta innecesario cualquier sucedáneo que lo reproduzca. Exactamente igual que con la penetración. Hay sexualidad más allá del coito. Habrá que investigar.

De paso, el artilugio nos presenta al clítoris, el órgano más sensible de los cuerpos con vulva, con más de ocho mil terminaciones nerviosas placenteras y que no está en el interior de la vagina, no. Googlea y verás.

Claro que al aparatejo le han salido detractores y detractoras. A los masculinos se les huele de lejos el miedo a sentirse desplazados, a perder protagonismo. Como si la masturbación fuera una práctica excluyente de la sexualidad compartida o solo cosa de hombres, creencia que parte de la misma raíz del mito que otorga a los varones la exclusividad del deseo sexual.

De pequeños nos decían que los juguetes había que compartirlos. De grandes, lo mismo. Es igual de recomendable y gratificante. El uso de estos recursos en los encuentros sexuales abre interesantes ventanas al juego y la exploración mutua a las que vale la pena alongarse.

Otras voces denuncian que se trata de un objeto de consumo. No en vano fue éxito de ventas en el pasado Black Friday, esa orgía consumista globalizada. Por supuesto que lo es aunque, se me ocurre, eso depende más del contexto económico en el que habitamos que de la mercancía en sí misma. En una economía centrada en las personas, en su bienestar y felicidad, se podría pensar que los recetara la sanidad pública de forma gratuita. Mucho me temo que aún no hemos llegado a eso.

No faltan quienes subrayan que al uso de estos aparatos les falta la piel de otra persona. Obvio, ¿no?, como a cualquier masturbación que se precie. Respiren, que ni siquiera las más felices con el invento han propuesto que esto sustituya a nada ni a nadie. Algo que, por otra parte, no deja de ser una opción libre e individual. Allá cada cual.

Hay quienes alertan de altos riesgos de adicción. En esto coincide con casi todo, con el tabaco, el alcohol, las drogas no legales, el deporte, los videojuegos, los móviles, la televisión, el trabajo… No por esto desarrollamos todos los vicios posibles. En ocasiones ninguno. La clave estará, apunto, en donde depositemos la responsabilidad de las adicciones, si en los objetos de deseo o en nuestra falta de habilidades para gestionar los anhelos, entre otras muchas variables.

También alertan del supuesto peligro de los orgasmos rápidos y la frustración que podría generar no alcanzarlos en la sexualidad compartida. De eyaculaciones precoces sabemos los hombres un rato, ¿a que sí? Con el tiempo descubrimos que hay momentos para todo, que los ritmos los marca cada cual en cada ocasión, que la velocidad puede ser apetecible pero no la norma.

Obviedades que el muy machista sentido común nos ha hecho olvidar y que en ocasiones es preciso airear para resetearnos. Recordar que cada cual, independientemente de su identidad de género y orientación, es libre de vivir su sexualidad y su cuerpo como, cuando y con quien le apetezca. Incluso en solitario.

javierlópex

 

Publicado en CanariasAhora / eldiario.es

25N, hombres y complicidades

Como la navidad en diciembre y el carnaval en febrero, noviembre llega cargado de campañas con motivo del 25N, día internacional por la erradicación de las violencias machistas. Lástima que sean fenómenos de temporada, puntuales, sin continuidad ni coherencia con lo que acontece el resto del año. Un sinfín de iniciativas se apelotonan y solapan en pocas semanas, haciendo imposible asistir a todas por muy interesantes que resulten, por más que estiremos las agendas. Claro que, menos es nada, y ya escuchamos los tambores de quienes no quieren ni siquiera esto, por poco que parezca.

Las campañas de este 25N coinciden en poner el foco en los hombres. Son muchos los foros en los que comienza a valorarse que no es suficiente asistir a quienes padecen directamente la violencia más extrema -prestación imprescindible y urgente-. Tampoco basta con centrar la prevención en el necesario empoderamiento de las mujeres ni con entrenarlas en artes defensivas. Comienza a vislumbrarse, lo digo con alegría, que la solución pasa por desarmar – de acciones y argumentos- a quienes agreden.

En las jornadas de igualdad y violencia machista empiezan a ser habituales   mesas y ponencias sobre masculinidades. Buena noticia que en estos ámbitos se hable en positivo, debatiendo propuestas, estudios, experiencias, y ya no solo porque irrumpa en la sala un varón herido por los argumentos que lo responsabilizan o porque a alguno, los hay, le dé por ejercer su privilegio de ocupar el espacio público tomando la palabra en foros mayoritariamente femeninos, por puro mansplaining, aunque su aportación real a la reflexión sea escasa o nula.

Resulta obvio que, si pretendemos construir una sociedad igualitaria, tendríamos que contar con la complicidad y participación de todas las personas que convivimos, más allá incluso de hombres y mujeres, con toda la diversidad de expresiones e identidades. Cierto que nunca se sumarán todos, siempre habrá resistencias, pero en cualquier cambio cultural de envergadura como éste es imprescindible convencer a la mayoría, colarse por las rendijas del sentido común, en las lógicas de las convivencias cotidianas, que es justo lo que pretendemos renovar.

El asunto es cómo llegar a esa mayoría de hombres. Por mucho que deseemos que espabilen, aunque nos sobren los motivos para la indignación y la ira, interpelarlos con acusaciones no parece buena estrategia. La culpa no es buen combustible para un cambio positivo. Al contrario, colabora a engordar las filas de los retrógrados, las trincheras del negacionismo, defensivas, cuando no beligerantes contra cualquier cambio o idea que los cuestione. A ellos y a sus privilegios, principalmente.

No vale atacar pero tampoco victimizar a los hombres, presentándonos de pronto como sufridores del patriarcado. Ya nos vale. Una buena ración de castraciones, frustraciones y embrutecimientos nos corresponde en este reparto desigual de mandatos de género, es cierto. Así todo, siempre nos hemos llevado la mejor parte de este desaguisado discriminatorio.

Para construir en positivo no sirve flagelarnos por haber nacido con pene, al ritmo del manido mea culpa, ni que nos retratemos como héroes por asumir las tareas de cuidado de las que siempre nos hemos escaqueado.

 

La cosa pasa, se dice fácil, por seducir a quienes gozan de los privilegios aparejados a la desigualdad (los derechos que no disfrutan todxs, no son derechos, son privilegios), para que comprendan que también ellos se verán beneficiados si nos relacionamos sin discriminaciones. Suena más eficaz convencerles de que frenen las agresiones, pero también para que superen la complicidad, ese consentimiento entre la comprensión y el paternalismo por las luchas feministas, siempre que no meneen el sillón mullido del género binario.  La igualdad nos atañe también a nosotros.

La tarea exige desmelenarse y remangarse, implicarse en la construcción de nuevos códigos de convivencia que no nos diferencien por la genitalidad. Supone atreverse a abrir la caja de Pandora, reconocerse vulnerable y sin respuestas para todo; despojarse de la necesidad compulsiva de competir, de alcanzar o aparentar éxito; deslegitimar la violencia como herramienta para afrontar cualquier conflicto, cualquier frustración; abandonar el rol de cazadores y el mito de la plena disponibilidad sexual (abierto 24 horas); asumir y compartir las tareas de cuidado, por el bien de nuestra autonomía y de nuestros espacios de convivencia; permitirnos las emociones, sin reparos; relacionarnos desde la horizontalidad,  sin tirar de rangos; amar sin poseer ni controlar; descubrir nuestros cuerpos y nuestra sexualidad más allá del falocentrismo, el coito y el orgasmo como meta…

Una aventura, sí, repleta de aprendizajes y matices que seguro nos enriquecerán, pero a la que no podemos alongarnos desde la culpa ni desde el victimismo y para la que, sin duda, habrá que ser mucho más valientes que esos superhéroes que tanto nos distorsionaron la realidad. ¿Te atreves?

javier lópex

Publicado en CanariasAhora / eldiario.es el 20 de noviembre de 2019

 

fanzinado

Hace un tiempo me crucé con Elena Gonca y, sin saber bien por qué, empezaron a fluir los disparates. Historias aparentemente absurdas se fueron encadenando entre carcajada y carcajada. Tantas, que hasta se nos ocurrió darles formas: escribirlas, ilustrarlas, fotografiarlas…

Al poco, se nos acumulaban como gremlins y no sabíamos dónde ponerlas. Fue por eso que nos inventamos Fanzinadas, el cajón de todos nuestros desastres.

Nos vinimos tanto arriba, que el próximo sábado, el 2 de noviembre, estaremos en CoZidos, la feria de fanzines de Gran Canaria. Si te pasas por allí, seguro que nos echamos unas risas.

Certificado Profesional de Dinamización de actividades de tiempo libre infantil y juvenil – CIFE 2019

Volver a la esencia, al cara a cara, a las risas y las lágrimas, al juego, a la gestión de los enfados y las frustraciones, a la creatividad. Eso supuso para mí este reencuentro con la dinamización / animación / facilitación a través del Certificado de Profesionalidad de Dinamización que tuve la suerte de impartir este año 2019 en el Círculo de Formación, Empleo e Innovación de  Las Huesas, Telde (Gran Canaria).