De pibe miraba Gran Canaria desde las montañas de Las Coloradas y jugaba a inventar que más allá del horizonte no había nada. Soñaba que todo lo que nos contaban que ocurría fuera de la isla era una invención, un relato diseñado para mantenernos aletargados, con no sé qué intencionalidad perversa. Tampoco descartaba un objetivo paternalista, que pretendiera aliviarnos la ansiedad de vivir en un territorio tremendamente limitado.
Años más tarde me hablaron de Platón, interpreté a mi manera a Parménides y hasta llegó la película El Bosque, así entendí que mi juego no era ni tan original ni tan disparatado.
En los 80, cuando los domingos era preceptivo leer los suplementos de El País, tanto o más que ir a misa unas décadas antes, recuerdo un reportaje que anunciaba que en poco andaríamos por las calles sin mirarnos, pendientes de pantallas por las que gestionaríamos la vida. Me reí incrédulo y hasta me entretuve ridiculizando aquella hipótesis que consideré desmesurada pero, sin darme cuenta, llegó el momento en que la viví en primerísima persona. Cuando fue innegable, mucho teorizamos sobre la esquizofrenia y bipolaridad de la vida real y la virtual.