¿Qué estamos haciendo?

Una mirada al trabajo sobre masculinidades y una propuesta promiscua

Artículo publicado en Masculinidades en demolición, blog de El Salto https://www.elsaltodiario.com/masculinidad-en-demolicion/que-estamos-haciendo

Javier Lópex
Ojalá me equivoque, pero sospecho que estas líneas solo serán leídas por quienes ya
andan repensando las masculinidades, las suyas o las ajenas. Y es precisamente eso lo
que me preocupa y ocupa en ordenar interrogantes y temores sobre qué, cómo y para qué estamos abordando esta tarea. Sin cuestionar el horizonte, convencido de que todas las
personas que se implican en este trabajo, incluido quien suscribe, lo hacemos desde la
mejor de las intenciones, aportando tiempo, confianza, energías y propuestas en favor de
una sociedad más igualitaria. Con todo, porque el voluntarismo no basta, echar un vistazo a los caminos que recorremos puede proporcionarnos cierta perspectiva de los rumbos que
llevamos, de los encuentros y desencuentros, de los avances y contradicciones.
Desde los años 70 comenzó a teorizarse sobre masculinidades pero, como sabemos, en
sus orígenes la motivación fue más reaccionaria, de hombres que se sentían amenazados
por las conquistas de derechos de las mujeres, más que por el interés en comprender sus
causas y efectos con perspectiva de género. Mucho se ha escrito desde entonces. No en
vano el mundo de lo racional ha sido históricamente asignado a los hombres, lo que lo
convierte en un espacio confortable donde acomodarnos. Desde el ámbito discursivo
podemos sentirnos seguros, sin que ello signifique necesariamente más que eso: la
construcción de un relato acorde a un nuevo paradigma. Podemos mirarnos los pies de
barro sin mover un dedo para agrietarlos. Desde lo meramente descriptivo.
Esta intelectualización toma posiciones poco a poco en la academia, donde los estudios
sobre masculinidades van ocupando aulas, despachos, titulaciones. Llama la atención la
proliferación de publicaciones pero, más aún, su repercusión mediática, sobre todo si las
comparamos con los miles de ensayos e investigaciones feministas desarrolladas durante
décadas por mujeres que guardan el silencio de las justas. ¿Estaremos reproduciendo
modus operandis?
Se ponen de moda también, y lo vivo en primera persona, los talleres de sensibilización y
formaciones sobre masculinidades en distintos ámbitos: educativos, juveniles, familiares,
institucionales, empresariales. Al desfile de talleristas de igualdad, violencia de género,
lgtbiq…, nos sumamos ahora los de masculinidades. Actividades puntuales que no se
instalan de forma transversal y coherente en los currículos. Que ni siquiera son abordadas
transversalmente entre sí mismas pues, resulta evidente, estamos hablando de lo mismo:
sexo, género, orientación sexual y su repercusión en la convivencia y el desarrollo de las
personas.
Parece que hayamos conquistado un stand en las ferias de igualdad, un departamento
estanco, que no crea vínculos y sinergias. Tarea pendiente.

El esencialismo que no cesa
Una lógica de segmentación de las realidades que se palpa en el discurso mayoritario de
masculinidades, centrado en hombres cisgénero, heteros, blancos, de clase media,
universitarios que superan la treintena y andan enredados recientemente con las
paternidades. ¿Y el resto de masculinidades? Más allá de seguir apoltronados en el
esencialismo eurocéntrico, exportando matrices y conceptos descontextualizados, sin
atender al ser “situado”, chirría particularmente que el debate sobre masculinidades no
haga suyas las agendas de hombres gays, trans… ¿Será que no acabamos de sacudirnos
la homofobia, tan machirula ella, que a los no-heteros se les sigue considerando menos
hombres o directamente se les saca de la categoría? ¿Abordamos las violencias
lgtbiqfóbicas – ejercidas mayoritariamente por hombres cis de rol hetero- como parte del
problema de la masculinidad hegemónica o lo dejamos en manos de quienes las padecen?
Puestos a segregar, hay quienes apuestan por abordar estos trabajos individualmente, de
forma introspectiva, reencontrándose con la naturaleza o su niño interior. También en
grupos solo de hombres, donde analizan los efectos, daños y culpas relacionados con su
socialización masculina bajo el patriarcado. En ocasiones se les escucha asumiendo una
culpa ancestral, una suerte de pecado original por haber nacido con pene. Otras, en
cambio, el discurso resuena autocomplaciente, incluso exculpatorio. Sobrevuela un peligro
autorreferencial, ombliguista: ¿Hasta qué punto profundizamos así en el binarismo, en la
diferencia y la dicotomía de roles? ¿Bastará con cambiar de apellido a la masculinidad o
quizás crear otra forma hegemónica de ser hombre? Si queremos construir una sociedad en
la que convivamos igualitariamente todas las personas, más allá de nuestros cuerpos e
identidades, ¿no deberíamos diseñarlo y construirlo entre todas, escuchando todas las
voces?
Mantenemos el eterno debate entre las vías personalistas frente a miradas más sociales y
políticas. ¿El cambio personal es suficiente, generará el efecto dominó esperado o el
patriarcado está enraizado en las estructuras sociales y de poder, tanto que sin cambiar a
éstas no habrá avance posible? ¿Podemos modificar el modelo de hombre hegemónico sin
acabar con la utilidad del sexismo para el marco socioeconómico en el que nos
relacionamos? ¿Podemos deconstruir la masculinidad sin desmontar el capitalismo? ¿Y
vicecersa? Las propuestas feministas pasan por poner la vida, a las personas, sus
necesidades y cuidados en el centro de la economía, del urbanismo, de las políticas, ¿es
compatible con el capitalismo depredador, capacitista, competitivo, meritocrático?


Hombres que ejercen violencia

Hay algo que retumba del enfoque mayoritario en el trabajo con hombres que ejercen
violencia, al menos en las metodologías del Norte global. Del feminismo aprendimos que el
género es un constructo cultural que determina el reparto desigual de poder en función del
sexo biológico repartido de forma binarista, los roles y formas de estar en el mundo. En esta
división, a los varones nos toca la obligación de ocultar la vulnerabilidad a cualquier precio,
la obligación de éxito y la legitimación del uso de la violencia. Basándose en esto, el
feminismo argumentó desde siempre que no se trata de casos aislados de hombres que
pierden la cabeza en un momento concreto, tampoco de una enfermedad mental, sino del
producto de la educación sexista. En cambio, se generalizan las intervenciones
terapéuticas, como si se tratara de un problema de comportamiento individual. ¿La solución
es psicológica?, ¿exclusivamente? Si el género es un constructo cultural que se asimila a través de la socialización, de la educación formal e informal, ¿no habría que abordar sus
consecuencias también desde esos ámbitos?
Por otra parte, ¿nos estaremos lavando las manos como sociedad al tratarlos como
enfermos o delincuentes particulares? ¿Podemos resolver el problema sin abordarlo en las
comunidades en las que socializan?
Por su parte, las tecnologías y sus redes generan sensaciones de comunidad no siempre
reales. Cualquiera puede sentir que difunde un discurso y que repercute en un público
amplio, sin percatarse del espejismo de los algoritmos, esos que nos muestran y relacionan
con quienes comparten nuestros gustos y hablan de los mismos temas. Más allá de los
estilos comunicativos, de la adecuación de los mensajes y soportes a los públicos objetivos,
en ocasiones constatamos que siempre estamos los mismos, incluso con la globalización de
las formaciones online y webinar durante y después de la pandemia.


La propuesta promiscua
No cuestiono la utilidad de cada una de las líneas expuestas. Mucho menos pretendo
sustituirlas por otras, por ninguna otra pócima mágica de la que posea el copyright. Mi
invitación es más promiscua, a que nos mezclemos y contaminemos unos con otros y otras
y otres. Lo que realmente me preocupa es el espíritu quijotesco, tan masculino él. Pillar un
estandarte y reivindicarse en posesión de la receta, de la verdad, levantando murallas y
remilgos para no compartir ni cruzar otras rutas, por mucho que rememos hacia el mismo
horizonte.
Es evidente que necesitamos teoría, dar forma y estructura al pensamiento, generar
debates. Que éste se desarrolle también en la academia, en las universidades, aporta
ciertas garantías. Pero esta no debe caminar sola, en la burbuja de las aulas y los
despachos, creando argots ininteligibles para la mayoría, por mucho que necesite reforzar
su autoestima de disciplina consolidada (que en absoluto es ni debe ser independiente,
pues entierra sus raíces en el feminismo, en los abundantes estudios de género).
Llamamos hegemónica a la masculinidad dominante en el imaginario colectivo. La
naturalizamos y reproducimos, legitimando relaciones de poder desiguales y
discriminatorias, generando mucho daño y frustraciones por donde pasa. Desnaturalizar el
machismo, sacarlo del sentido común supondrá también una batalla cultural, una ingente
labor pedagógica que los discursos elocuentes y las palabras polisílabas no facilitan.
Necesitamos relatos atractivos, especialmente para los hombres a quienes pretendamos
convencer de las bondades de la igualdad, también para ellos.
Y claro que es importante que nuestros comportamientos individuales cambien, que sean
coherentes con los discursos, aunque solo fuera por una cuestión de credibilidad. Pero si no
abordamos las desigualdades en los entornos comunitarios que las reproducen, en las
culturas organizativas que las sostienen, en las relaciones económicas, en la división
sexista de los cuidados y los trabajos remunerados, el poder, la política… No tendrá mayor
proyección ni trascendencia. Del mismo modo, incluirlo exclusivamente en el programa
político sin interiorizarlo, sin incorporarlo (in-corporarlo, meterlo en nuestros cuerpos y
nuestras vidas), tampoco dará resultados. No estoy inventando la dialéctica, pero en
ocasiones parece que la ignoramos.

No seré yo quien desoiga los aportes de la psicología, que son muchos y valiosos, pero
ampliar las disciplinas de análisis e intervención (pedagogía, sociología, antropología…),
estoy convencido, incrementarán notablemente las posibilidades de éxito en esta ambiciosa
tarea.
La confluencia debe ser horizontal y respetuosa con todas las realidades. Que nadie se
apodere del megáfono que no le corresponde, que cada cual hable y aporte desde su
realidad pero con visión global. Dejemos de construir más departamentos estanco.
Bueno es también que las instituciones amplíen la mirada hacia los hombres al intervenir en
favor de la igualdad, pero no olvidemos que la vida está en la calle y el papel que en esta
juega la sociedad civil, por salud democrática también.
En resumen, más promiscuidad, más trabajo en red y sinergias. Si hemos constatado que la
masculinidad hegemónica y las discriminaciones sexistas actúan en todos los rincones en
los que nos relacionamos (público, privado, entre mujeres, entre hombres y mujeres, entre
hombres, incluso en soledad), resulta iluso creer que llegaremos a todos esos espacios por
un único camino, por mucho que nos parezca una autopista de cuatro carriles. Los atajos no
existen. Tampoco las recetas mágicas, pues ninguna vale para todas las personas,
contextos y momentos.

Mi ciudad y la arena

Una historia incierta

Debajo de mi ciudad hay una playa. Es verdad, no como aquel eslogan parisino. Aquí hubo un tiempo en el que todo fue arena, y ahí sigue, en las raíces de los edificios, bajo las carreteras.

Cuentan que los primeros europeos que se instalaron en estas arenas fueron unos monjes mallorquines, autores de una desaparecida ermita en honor a Santa Catalina, una imagen que pisa la cabeza de un “bárbaro”, un no cristiano, de un diferente. Daban pistas de cuáles eran sus planes por estos lares.

Juan Rejón (La Carretera) llegó cien años más tarde por la bahía de Las Isletas y tuvo que atravesar las dunas hasta llegar al barranco Guiniguada, donde fundaron el Real de Las Palmas. Incursión a incursión, acorralaron, asesinaron y esclavizaron a la población aborigen hasta hacerse con el control de la isla.

Vista del istmo desde La Isleta. Imagen del archivo de la FEDAC.

Años más tarde, por la otra orilla desembarcaron militares holandeses que atravesaron las mismas dunas. Esta vez para arrasar la ciudad con intención de perjudicar el comercio con Las Américas. Los castellanos solo pudieron parar a los de Van der Does cuando ya se adentraban en las medianías.

Algo similar intentaron los corsarios ingleses Drake y Haw-kins, aunque con menos éxito. De todas formas, las empresas británicas lograron dominar el comercio marítimo de la ciudad unos siglos más tarde. Ocurría al amparo del Puerto de La Luz, construido a finales del XIX al otro lado de los arenales. Por sus diques arribaron también los primeros turistas europeos.

Fueron británicos los primeros en urbanizar la arena. Construyeron sus chalés en medio de la nada, entre la ciudad vieja y el nuevo barrio de La Isleta, poblado por familias trabajadoras atraídas por la construcción y el trabajo en el puerto.

Poco a poco desaparecieron las dunas, ocupadas primero por las clases más pudientes y, en los márgenes, por clases medias con ansias de aparentar. Para el populacho quedaron los riscos, las pendientes de La Isleta, San José, San Nicolás y los demás barrios altos, levantados a base de autoconstrucción solidaria, a golpe de echar techos con asaderos. También con viviendas sociales para las familias más vulnerables.

La Isleta y el istmo. Imagen del archivo de la FEDAC.

Si a finales del XIX aún había mareas que obligaban a cruzar el istmo a remo, un siglo más tarde ese mismo punto geográfico estaba ya atravesado por al menos seis calles, algunas con más de cuatro carriles. Donde antes rompían las olas, ahora dominan centros comerciales, hoteles, acuarios… y se avecinan talleres de yates, scalextric imposibles y otras arrogancias urbanísticas.

La arena quedó en unos pocos bordes. El resto, puro cemento.

En los sesenta del siglo pasado se abrió la veda en toda la isla. Allí donde había arena se levantaban edificios de apartamentos, hoteles y centros comerciales. Y hasta esos rincones se desplazaban a trabajar las poblaciones de las medianías, pues ya apenas quedaban plátanos ni tomates que cultivar ni empaquetar. Ahora, con suerte, un pizco tierra para la casa. El resto, todo de afuera.

No tardó en agotarse. Pronto se quedaron sin playas que acorralar, pero no les pareció suficiente. Trajeron arenas del continente para cubrir pedregales en la desembocadura de barrancos para lo mismo, para volver a acorralarlas con cemento y piche.

Claro que, unas cuantas veces al año, con la complicidad de los alisios, se impone la calima. Vuelve la arena libre, convertida en nube para cubrirlo todo de nuevo, viene  reclamando lo que es suyo.

Vulnerabilidades, masculinidades y pandemias

Reconocerse frágil.  Mirarse al espejo, pero no a lo Casado, al contrario, sin postureo. Admitirse vulnerable, sin respuestas a casi nada, con dudas, miedos, incertidumbres… Es quizás el paso, si no más heroico, por no volver al tópico manido, sí el que arrastra, una a una, las piezas de la masculinidad hegemónica en la que nos socializamos, la que representamos cada vez que salimos ahí afuera y nos reflejamos en el prójimo. Cada cual a su medida.

Siguiendo a Freud, Kimmel señala que es el miedo al poder del padre lo que genera la identificación del hijo con la masculinidad, la misma que le aterroriza. Es precisamente el miedo lo que lleva a esconder el miedo, a negarlo y a envolvernos en el absurdo disfraz de la invulnerabilidad.

La cosa va mucho más allá del eslogan “los hombres también lloran”. Que también, y mucho. Tiene repercusiones más generales y perversas: en la actitud ante la vida, porque el obsesivo ocultamiento de las limitaciones propias y la codependencia emocional, afectiva, social, económica, ecológica… empuja directamente hacia el mito del individualismo, a la creencia de que podemos construirnos solos, a la idea del triunfo personal. Lleva al espejismo de sentirse cúspide de la naturaleza, el rey del mundo que grita DiCaprio en la proa del Titanic poco antes de su hundimiento.

Esta actitud es la base del liberalismo, con o sin el prefijo neo. El “sálvese quien pueda” del capitalismo más salvaje, con la competitividad y el desarrollismo infinito como motores, con el mercado como dios absoluto, que engulle planeta y personas, para compensar el éxito de unos pocos a costa de tanto. 

La individualidad es una fantasía, como explica Almudena Hernando, que obliga a aparentar. Ocurre igual al intentar esconder la vulnerabilidad, para lo que hay que trepar a la tarima de la arrogancia, a la falacia del control como modus operandi en todos los espacios de relación. Desde tener la última palabra, la innecesaria demostración de saberes o habilidades… hasta el más vulgar de los mansplainings.

Aparentar y acabar creyéndose invulnerable lleva a obviar las consecuencias de los propios actos, sobre uno mismo y en quienes nos rodean. Las estadísticas reflejan consumos de drogas muy superiores entre varones. La detección tardía de enfermedades también está relacionada con los “superpoderes” masculinos, que descartan cualquier posibilidad de enfermar ni, mucho menos, pedir ayuda. ¿Ayuda psicológica?, en esta lógica eso debe ser sinónimo de debilidad. Los varones protagonizamos la mayoría de los accidentes de tráfico mortales, aunque el número de carnés de conducir es prácticamente igual al de mujeres. 

Los suicidios son cosa de hombres, con cifras que superan el 80%. En este fenómeno, sospecho, se trenzan varios factores: de un lado, no admitir ni permitirse la depresión; negarse la necesidad de ayuda o, peor, sentirse humillado por pedirla; la falta de habilidades para la gestión de la frustración, habitual cuando no se alcanza el éxito exigido o autoexigido…; pero también está la falta de conciencia de las consecuencias de los propios actos, no sentirse responsable de quienes quedan detrás y de los efectos que la muerte podría generar en su entorno (pienso en hijos y familiares).

Las cárceles también son nuestras. La población reclusa es mayoritariamente masculina, encabezando especialmente los homicidios y los delitos con violencia.

Y qué es la violencia sexual – en cualquiera de sus formas- sino otro intento de camuflar la vulnerabilidad, un acto de reafirmación de la masculinidad, como explica Rita Segato. Nada tiene que ver con el deseo ni el placer, sino con el lugar que se ocupa en el grupo o se pretende alcanzar entre iguales, entre hombres. 

En la misma línea, la violencia machista es otro acto de reafirmación. Señala Miguel Lorente que no se trata de crímenes instrumentales, no se consigue nada material a cambio. Son crímenes morales ejecutados por hombres para saciar su necesidad de reafirmar su condición, su posición de poder frente a ellas y ante la mirada del resto del mundo. Volvemos a las apariencias.

Venimos de una cultura que en el siglo XVII consideraba que mantener relaciones con la esposa “de otro hombre” era “la mayor invasión de la propiedad”, que “un hombre no podía recibir una provocación mayor”. Hasta 1963, hace 57 años, se justificaba el asesinato de la “mujer adúltera”. Aquello de los crímenes pasionales que todavía resuenan en algún titular. El adulterio fue delito hasta 1978 en este país.

Y en esto llegó la pandemia

En marzo de 2020 se para el mundo, nos encerramos en las casas (quienes tenemos), porque un ser invisible pone en jaque nuestra supervivencia y, especialmente la fragilidad de nuestra maltrecha sanidad pública, víctima del sálvese quien pueda de las privatizaciones, tan liberales ellas. Se para la actividad económica, disparándose las cifras de desempleo (vía ERTE o no), se cierran escuelas, mientras policías y militares vigilan las calles. Un escenario distópico digno de películas de serie B que tantas tardes de sábado nos acunaron en el sofá.

El covid fundió en negro nuestras certezas, nos desplazó de la que creíamos cúspide de las especies, nos dijo que con el individualismo no vamos a ninguna parte, nos dejó desnudos, sin poder deambular por el espacio público con el disfraz del rango económico y laboral con el que cumplíamos el mandato de proveedores… Hasta el liberalismo estiró su mano pedigüeña a papá Estado, al mismo que desmanteló en el último medio siglo.

Pero no todo han sido aplausos y memes buenrollistas. Sin ánimo de aguarle el optimismo a nadie, ni la fe en la humanidad y en su capacidad de reinventarse en armonía (sonido de violines). Poco entrenados en navegar por la vulnerabilidad de presentes y futuros inciertos, se dispararon las frustraciones que, con escasas habilidades para su gestión, multiplicaron los casos de violencia machista.

Al mismo tiempo, los hombres no tardamos en apropiarnos de los permisos para salir de casa. Siempre dispuestos a correr riesgos por el bien de su manada (como argumentario, bien vale para echarse un cigarro en la calle). Un privilegio es siempre un privilegio. En breve llenamos los supermercados (nunca vi a tantos hombres haciendo la compra, eso sí, muy desorientados, sin remota idea de dónde encontrar cada producto). Paseamos a los perros, luego a los niños y hasta a las abuelas.

De puertas para adentro, habrá que observar si hubo implicación en las tareas domésticas y de cuidados, con qué talante entramos en ese nuevo espacio. Si conquistamos territorios ajenos, imponiendo nuestras normas, obviando las ya existentes, las de quienes desarrollaron esas tareas siempre. Si para adornar, nos convertimos de la noche a la mañana en glamurosos másters chefs, reclamando público reconocimiento.

Las redes sociales, a tono con el debate político, rebosaron virulencia y testosterona, más preocupación por el protagonismo que por el hallazgo de soluciones. Por salir en la foto, aunque sea un ridículo meme. Un meme en el que te colocas frente al espejo no para verte, sino para que te vean. Y sin mascarilla, que dice Trump, en voz alta y sin vergüenza, que eso es síntoma de debilidad. Más de lo mismo.

Javier Lópex

profecía infantil

De pibe miraba Gran Canaria desde las montañas de Las Coloradas y jugaba a inventar que más allá del horizonte no había nada. Soñaba que todo lo que nos contaban que ocurría fuera de la isla era una invención, un relato diseñado para mantenernos aletargados, con no sé qué intencionalidad perversa. Tampoco descartaba un objetivo paternalista, que pretendiera aliviarnos la ansiedad de vivir en un territorio tremendamente limitado.

Años más tarde me hablaron de Platón, interpreté a mi manera a Parménides y hasta llegó la película El Bosque, así entendí que mi juego no era ni tan original ni tan disparatado.

En los 80, cuando los domingos era preceptivo leer los suplementos de El País, tanto o más que ir a misa unas décadas antes, recuerdo un reportaje que anunciaba que en poco andaríamos por las calles sin mirarnos, pendientes de pantallas por las que gestionaríamos la vida. Me reí incrédulo y hasta me entretuve ridiculizando aquella hipótesis que consideré desmesurada pero, sin darme cuenta, llegó el momento en que la viví en primerísima persona. Cuando fue innegable, mucho teorizamos sobre la esquizofrenia y bipolaridad de la vida real y la virtual.

Y llegó el ahora, esta extraña cotidianidad de encerrona, de vida sin semejantes más acá de las pantallas. Su reflejo es el único encuadre que tenemos de lo que, debemos creer, ocurre allá afuera, al otro lado del cristal de las ventanas.
Y nosotros, construidos tradicionalmente en la relación con el prójimo, con quienes nos identifican como iguales y diversos, ésos que ahora no están, nos pixelamos de a poco, engullidos por nuestros propios dispositivos, formando parte de aquel relato ficticio de mi infancia, que ha cambiado el NODO por la nube, convertido en versión única del único suceso.

mi rutina

Sonó el despertador de mi rutina. Se levantó siguiendo el ritual de cada día y tomó rumbo directo a la ducha. Desde la cama escuché sus trasteos de desayuno y la puerta al salir dos veces, como de costumbre, contando la vuelta a buscar ese algo que siempre deja atrás.

Me mantuve envuelto en el calor del edredón, sintiendo su estrés mañanero a lo lejos, preguntándome qué día podría ser hoy y con qué llenarlo.

La visualicé arrancando el coche, sorteando caravanas, discutiendo noticias con la radio, dando vueltas en busca de aparcamiento para fichar mirando la hora justa de llegada… Mientras me quedaba en casa, a solas con el silencio, el abismo de la agenda vacía y los  avisos del cuerpo entumecido por la inactividad.

Con todo, los primeros días fueron los más fáciles. Bastó con dedicarme a todo lo que siempre abandoné por falta de tiempo. Se pasaban las jornadas volando y cuando me daba cuenta, mi rutina ya estaba de vuelta. La acompañaba a almorzar, viendo como engullía la comida a toda prisa, con la mirada perdida en el televisor, regurgitando desencuentros laborales.

Enroscados en el sofá nos obsequiábamos una tregua, entre noticieros repetitivos que solo dejas de escuchar cuando por fin alcanzas el quinto sueño.

Seguimos igual durante una buena temporada. O casi igual. En breve dejé de oír su despertador, abría los ojos con el olor del café. Al poco, con el primer cierre de la puerta. Luego, solo con el segundo.

Lo cierto es que tampoco me quedaba tan solo. Dormía la mañana en cucharita con una nueva rutina, que se dejaba estar más rato porque leía hasta tarde. Nos quedábamos juntas en pijama toda la mañana. Combinábamos telecurro con noticias y teleconversas. En las pausas limpiábamos la casa o nos preparábamos la comida. Por la tarde aplaudíamos y, de a poco, fuimos prefiriendo consumir menos noticias y más información. No había mucho más que ingerir. Los comercios estaban cerrados y apenas nos quedaba dinero. Ya no pasaban aviones, casi ni coches. Se respiraba mejor y hasta se escuchaba cantar a los pájaros en medio de la ciudad.

Con todo, algunas noches me despertaba en incertidumbres oscuras, donde no sabía si flotaba, caía o si salía despedido a un lugar peor, que los miedos no saben imaginar cosas lindas ni divertidas. Fue cuestión de tiempo que encontrara el antídoto: acurrucarme en la vulnerabilidad dejándome llevar, diciéndome que no todo lo que estaba por venir dependía solo de mí. Como siempre ha sido. Así, mecido por el mantra, retomaba mis propios sueños.

A mi antigua rutina se la veía cada vez más difusa y grisácea. Una mañana no la escuché salir. Aún no ha vuelto.

javierlópex / marzo 2020

Cosas que los hombres podemos aprender del fenómeno satisfayer

Hay muchísimas mentiras evidentes que mantenemos disfrazadas de verdades con sentencias tipo “es natural”, “de sentido común”, “lo normal”, “siempre fue así”… Esas coletillas con las que se tira de rango para cerrar debates cuando se acaban los argumentos. Estrategias discursivas que te encuentras tanto en grupos de adolescentes como entre profesionales altamente cualificados. Doy fe. Claro que, a veces ocurre, la realidad es más cabezota incluso que la ideología y le da por destapar patrañas.

Se me antoja que algo así ocurre estos días con el famoso satisfayer, ese cacharrito con apariencia de rasurador de vello, de artilugio para masajes o complemento de videojuegos. Pero no, la cosa está diseñada, cuentan que con éxito, para facilitar el placer sexual de las personas con clítoris. Y de paso, que no es poco, contribuye a derribar algunos mitos del imaginario machirulo: Por un lado, miren por donde, las mujeres tienen deseo sexual y no es sinónimo de perversión. Su sexualidad no está dirigida al placer masculino, por más que el porno mainstream (hay otros) se limite a reproducir planos en los que practican felaciones o son penetradas por falos sin rostro.

El eficaz facilitador orgásmico no tiene forma de pene. Ya ven, el placer sexual femenino no depende de genitales masculinos, totalmente prescindibles. Hasta resulta innecesario cualquier sucedáneo que lo reproduzca. Exactamente igual que con la penetración. Hay sexualidad más allá del coito. Habrá que investigar.

De paso, el artilugio nos presenta al clítoris, el órgano más sensible de los cuerpos con vulva, con más de ocho mil terminaciones nerviosas placenteras y que no está en el interior de la vagina, no. Googlea y verás.

Claro que al aparatejo le han salido detractores y detractoras. A los masculinos se les huele de lejos el miedo a sentirse desplazados, a perder protagonismo. Como si la masturbación fuera una práctica excluyente de la sexualidad compartida o solo cosa de hombres, creencia que parte de la misma raíz del mito que otorga a los varones la exclusividad del deseo sexual.

De pequeños nos decían que los juguetes había que compartirlos. De grandes, lo mismo. Es igual de recomendable y gratificante. El uso de estos recursos en los encuentros sexuales abre interesantes ventanas al juego y la exploración mutua a las que vale la pena alongarse.

Otras voces denuncian que se trata de un objeto de consumo. No en vano fue éxito de ventas en el pasado Black Friday, esa orgía consumista globalizada. Por supuesto que lo es aunque, se me ocurre, eso depende más del contexto económico en el que habitamos que de la mercancía en sí misma. En una economía centrada en las personas, en su bienestar y felicidad, se podría pensar que los recetara la sanidad pública de forma gratuita. Mucho me temo que aún no hemos llegado a eso.

No faltan quienes subrayan que al uso de estos aparatos les falta la piel de otra persona. Obvio, ¿no?, como a cualquier masturbación que se precie. Respiren, que ni siquiera las más felices con el invento han propuesto que esto sustituya a nada ni a nadie. Algo que, por otra parte, no deja de ser una opción libre e individual. Allá cada cual.

Hay quienes alertan de altos riesgos de adicción. En esto coincide con casi todo, con el tabaco, el alcohol, las drogas no legales, el deporte, los videojuegos, los móviles, la televisión, el trabajo… No por esto desarrollamos todos los vicios posibles. En ocasiones ninguno. La clave estará, apunto, en donde depositemos la responsabilidad de las adicciones, si en los objetos de deseo o en nuestra falta de habilidades para gestionar los anhelos, entre otras muchas variables.

También alertan del supuesto peligro de los orgasmos rápidos y la frustración que podría generar no alcanzarlos en la sexualidad compartida. De eyaculaciones precoces sabemos los hombres un rato, ¿a que sí? Con el tiempo descubrimos que hay momentos para todo, que los ritmos los marca cada cual en cada ocasión, que la velocidad puede ser apetecible pero no la norma.

Obviedades que el muy machista sentido común nos ha hecho olvidar y que en ocasiones es preciso airear para resetearnos. Recordar que cada cual, independientemente de su identidad de género y orientación, es libre de vivir su sexualidad y su cuerpo como, cuando y con quien le apetezca. Incluso en solitario.

javierlópex

 

Publicado en CanariasAhora / eldiario.es

25N, hombres y complicidades

Como la navidad en diciembre y el carnaval en febrero, noviembre llega cargado de campañas con motivo del 25N, día internacional por la erradicación de las violencias machistas. Lástima que sean fenómenos de temporada, puntuales, sin continuidad ni coherencia con lo que acontece el resto del año. Un sinfín de iniciativas se apelotonan y solapan en pocas semanas, haciendo imposible asistir a todas por muy interesantes que resulten, por más que estiremos las agendas. Claro que, menos es nada, y ya escuchamos los tambores de quienes no quieren ni siquiera esto, por poco que parezca.

Las campañas de este 25N coinciden en poner el foco en los hombres. Son muchos los foros en los que comienza a valorarse que no es suficiente asistir a quienes padecen directamente la violencia más extrema -prestación imprescindible y urgente-. Tampoco basta con centrar la prevención en el necesario empoderamiento de las mujeres ni con entrenarlas en artes defensivas. Comienza a vislumbrarse, lo digo con alegría, que la solución pasa por desarmar – de acciones y argumentos- a quienes agreden.

En las jornadas de igualdad y violencia machista empiezan a ser habituales   mesas y ponencias sobre masculinidades. Buena noticia que en estos ámbitos se hable en positivo, debatiendo propuestas, estudios, experiencias, y ya no solo porque irrumpa en la sala un varón herido por los argumentos que lo responsabilizan o porque a alguno, los hay, le dé por ejercer su privilegio de ocupar el espacio público tomando la palabra en foros mayoritariamente femeninos, por puro mansplaining, aunque su aportación real a la reflexión sea escasa o nula.

Resulta obvio que, si pretendemos construir una sociedad igualitaria, tendríamos que contar con la complicidad y participación de todas las personas que convivimos, más allá incluso de hombres y mujeres, con toda la diversidad de expresiones e identidades. Cierto que nunca se sumarán todos, siempre habrá resistencias, pero en cualquier cambio cultural de envergadura como éste es imprescindible convencer a la mayoría, colarse por las rendijas del sentido común, en las lógicas de las convivencias cotidianas, que es justo lo que pretendemos renovar.

El asunto es cómo llegar a esa mayoría de hombres. Por mucho que deseemos que espabilen, aunque nos sobren los motivos para la indignación y la ira, interpelarlos con acusaciones no parece buena estrategia. La culpa no es buen combustible para un cambio positivo. Al contrario, colabora a engordar las filas de los retrógrados, las trincheras del negacionismo, defensivas, cuando no beligerantes contra cualquier cambio o idea que los cuestione. A ellos y a sus privilegios, principalmente.

No vale atacar pero tampoco victimizar a los hombres, presentándonos de pronto como sufridores del patriarcado. Ya nos vale. Una buena ración de castraciones, frustraciones y embrutecimientos nos corresponde en este reparto desigual de mandatos de género, es cierto. Así todo, siempre nos hemos llevado la mejor parte de este desaguisado discriminatorio.

Para construir en positivo no sirve flagelarnos por haber nacido con pene, al ritmo del manido mea culpa, ni que nos retratemos como héroes por asumir las tareas de cuidado de las que siempre nos hemos escaqueado.

 

La cosa pasa, se dice fácil, por seducir a quienes gozan de los privilegios aparejados a la desigualdad (los derechos que no disfrutan todxs, no son derechos, son privilegios), para que comprendan que también ellos se verán beneficiados si nos relacionamos sin discriminaciones. Suena más eficaz convencerles de que frenen las agresiones, pero también para que superen la complicidad, ese consentimiento entre la comprensión y el paternalismo por las luchas feministas, siempre que no meneen el sillón mullido del género binario.  La igualdad nos atañe también a nosotros.

La tarea exige desmelenarse y remangarse, implicarse en la construcción de nuevos códigos de convivencia que no nos diferencien por la genitalidad. Supone atreverse a abrir la caja de Pandora, reconocerse vulnerable y sin respuestas para todo; despojarse de la necesidad compulsiva de competir, de alcanzar o aparentar éxito; deslegitimar la violencia como herramienta para afrontar cualquier conflicto, cualquier frustración; abandonar el rol de cazadores y el mito de la plena disponibilidad sexual (abierto 24 horas); asumir y compartir las tareas de cuidado, por el bien de nuestra autonomía y de nuestros espacios de convivencia; permitirnos las emociones, sin reparos; relacionarnos desde la horizontalidad,  sin tirar de rangos; amar sin poseer ni controlar; descubrir nuestros cuerpos y nuestra sexualidad más allá del falocentrismo, el coito y el orgasmo como meta…

Una aventura, sí, repleta de aprendizajes y matices que seguro nos enriquecerán, pero a la que no podemos alongarnos desde la culpa ni desde el victimismo y para la que, sin duda, habrá que ser mucho más valientes que esos superhéroes que tanto nos distorsionaron la realidad. ¿Te atreves?

javier lópex

Publicado en CanariasAhora / eldiario.es el 20 de noviembre de 2019

 

fanzinado

Hace un tiempo me crucé con Elena Gonca y, sin saber bien por qué, empezaron a fluir los disparates. Historias aparentemente absurdas se fueron encadenando entre carcajada y carcajada. Tantas, que hasta se nos ocurrió darles formas: escribirlas, ilustrarlas, fotografiarlas…

Al poco, se nos acumulaban como gremlins y no sabíamos dónde ponerlas. Fue por eso que nos inventamos Fanzinadas, el cajón de todos nuestros desastres.

Nos vinimos tanto arriba, que el próximo sábado, el 2 de noviembre, estaremos en CoZidos, la feria de fanzines de Gran Canaria. Si te pasas por allí, seguro que nos echamos unas risas.

Certificado Profesional de Dinamización de actividades de tiempo libre infantil y juvenil – CIFE 2019

Volver a la esencia, al cara a cara, a las risas y las lágrimas, al juego, a la gestión de los enfados y las frustraciones, a la creatividad. Eso supuso para mí este reencuentro con la dinamización / animación / facilitación a través del Certificado de Profesionalidad de Dinamización que tuve la suerte de impartir este año 2019 en el Círculo de Formación, Empleo e Innovación de  Las Huesas, Telde (Gran Canaria).